Ernest Hemingway: el cubano sato

Dicen que cuando Ernest Hemingway llegó al Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, la Patrona de Cuba, la alegría abandonaba su rostro por momentos. Mientras entraba al templo, esa picardía que lo caracterizaba cedió ante la seriedad y solemnidad de estar frente a la figura más importante de la religión católica en la nación caribeña.

Cuentan también que a sus ojos volvió el brillo cuando ofrendó a la adorada santa el Premio Nobel de Literatura, distinción que conferida a él en el año 1954 gracias a su obra El viejo y el mar.

Fue así que el cubano “sato”, como el propio novelista se calificara, se convirtió verdaderamente en hijo adoptivo de esta tierra caribeña, sumándose a la larga tradición de más de 400 años de devoción de la sagrada Virgen de la Caridad del Cobre.

En el templo, él recorrió los mismos pasillos que pisaron los mambises cubanos que pelearon en las guerras anticolonialistas, se sentó en uno de los reclinatorios que muchas veces emplearon las madres para orar por sus hijos, y también miró a los ojos de la santa considerada la madre de todos los nacidos en la isla.

Con ese gesto, que de la misma forma repitieron miles de personas antes y después que él, Ernest Hemingway, uno de los grandes novelistas norteamericanos del siglo XX, se autobautizó como un cubano más.

Hemingway, un “cubano” que legó su impronta

Ernest Miller Hemingway nació en Oak Park, Illinois, el 21 de julio de 1899 y murió en Ketchum, Idaho, el 2 de julio de 1961. Fue un escritor y periodista estadounidense. Ganó el Premio Pulitzer, en 1953, por El viejo y el mar, y al año siguiente el Premio Nobel de literatura por su obra completa.

Pero el autor de Por quien doblan las campanas (1940) vivió, amó y escribió en Cuba. Y de su devoción por la nación caribeña afirmó en una carta a un amigo «Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba», y era tan profundo ese sentimiento que en otra ocasión también escribió, «Donde un hombre se siente como en su casa, aparte del lugar donde nació, ése es el sitio al que estaba destinado”.

El país caribeño que lo acogió como un cubano más, a 53 años de la muerte del emblemático novelista, aún conserva su legado. Un daiquiri en El Floridita, un mojito en La Bodeguita del Medio y una tarde en Finca Vigía, son rituales obligados que personas nacionales y turistas realizan en Cuba para revivir al célebre novelista estadounidense.

Al abandonar Cuba, Hemingway dejó en Finca Vigía una infinidad de manuscritos, se contabilizan unos dos mil textos que aún conserva el gobierno cubano. Dichos escritos se han estudiado durante décadas. En esa locación habanera, el Nobel prefería escribir de pie con zapatillas de andar por casa, primero a mano y luego a máquina, en su luminoso cuarto.

Finca Vigía, el hogar cubano de Hemingway

A muchos escritores, que tienen casas en varias naciones del mundo, les suelen preguntar cuál es su residencia principal, la más añorada, y casi todos contestan que es aquella donde conservan sus libros.

En la Finca Vigía, Ernest Hemingway tenía unas nueve mil obras entre folletos, libros y revistas, además de cuatro perros y 57 gatos. Ese fue el hogar cubano del Nobel de literatura por más de 20 años, sitio especial en el corazón del novelista.

Para el escritor norteamericano más publicado en la nación caribeña ese paraíso habanero le proveía de un lugar limpio y bien iluminado, lo necesario para que todo artista pudiese crear sus obras recibir amigos, disfrutar del amor y de la vida.

Ese lugar es, además, la huella más visible de su matrimonio con Martha Gellhorn, corresponsal capaz y esposa voluntariosa que en 1939 había alquilado la finca, inicialmente por un año.

Hemingway había comenzado «Por quien doblan las campanas», en su habitación del Hotel Ambos Mundos, pero la escritura y el cansancio arrastrado tras su salida de la guerra civil española lo convencieron de la necesidad de recalar en un sitio más privado.

Situada en el barrio de San Francisco de Paula y cerca del Cotorro, La Finca Vigía –a 15 kilómetros de la ciudad– se convirtió con el tiempo en su hogar junto a Mary Welsh como última esposa, en base de operaciones navales durante la Segunda Guerra Mundial, y según cuenta la leyenda, en lugar de refugio de revolucionarios en la época del dictador Batista.

Aquí escribió El Viejo y el Mar, la noveleta cubana que le mereciera el Premio Nobel en 1954 y que le arranco en perfecto español un comentario singular para la TV cubana: «Yo soy un cubano sato».

 Hemingway, en el eterno recuerdo de los cubanos

En Cuba se recuerda de manera especial a Ernest Hemingway. Aquí nacieron de su pluma algunos de los relatos más conocidos del novelista, se paseó por sus calles, conversó con las personas, jugaba al béisbol con niños y jóvenes en la Finca Vigía y bebía cerveza con los pescadores de Cojímar.

Precisamente a “mi gente de Cojímar” y a Cuba dedicó el galardón más importante que recibió en su carrera como novelista, voluntad que no dejó sólo en palabras, sino que la reafirmó con la ofrenda de la medalla de oro con la efigie de Alfred Nobel a la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba y de la gente de mar.

En la nación caribeña él descubrió el sabor del aguacate, la piña y el mango. De todo eso habló en un artículo al que tituló Agujas lejos del Morro: una carta cubana, que publicó en la revista Esquire, en el número de otoño de 1933.

Su segunda estancia en Cuba había ocurrido de abril a junio de 1932 y la tercera un año después. Durante ese período escribió dos de sus mejores cuentos y advirtió que el clima cubano, y su actividad deportiva, lo vigorizaban física y mentalmente. Expresaba que Cuba “lo llenaba de jugos”, que era su manera de decir que allí lo invadía una gran energía creativa.

Fue en abril de 1928 cuando Ernest Hemingway llegó a Cuba por primera vez, en el vapor Orita, procedente de Francia. En esa ocasión estuvo poco tiempo porque iba de paso hacia Cayo Hueso y sólo aguardó unas horas en espera de otro barco.

Sin embargo bastó una sola visita para que el Premio Nobel de Literatura se enamorara perdidamente de la mayor Isla del Caribe, una historia amor que ha sobrevivido por más de cinco décadas y permanece hoy, intacta, en las huellas de Hemingway por toda Cuba.

Por: J. Loo Vázquez y Leyden  Figueredo Portuondo